lunes, 19 de enero de 2009

Koh Samed y el Reino de Siam


Desde una exótica isla en el Golfo de Siam, escribo nuevamente estas líneas. Aquí he vuelto a encontrar la paz necesaria para retomar este cuaderno de bitácora, tras una estancia de una semana en la capital de Tailandia. Bangkok sigue siendo fascinante y me sorprende cada vez que vuelvo. No lo pisaba desde 2004 y aunque ha cambiado, sigue siendo el mismo. Nunca he visto una ciudad tan polifacética.

Se ha modernizado y ofrece los últimos adelantos en todo. Hay novísimos centros comerciales con el último grito de la moda mundial por doquier y en cuanto uno se mete por callejuelas, se vuelve a encontrar con el Bangkok pestilente y pobre. Y en la ciudad intermedia entre ambas, he vuelto a ver ratas, animales que había dejado de ver en la obsoleta Europa, a pesar de que haberlas, haylas.

Cuando he vuelto a visitar el Buda Yaciente en Wat Po, he vuelto a sentir lo antiguo de Siam. La belleza de su fina orfebrería, escultura y arquitectura esta presente en cualquier recoveco del templo e incluso del contiguo Palacio Real.

Un viaje en barca por el río nos trae a la realidad cotidiana de esta inmensa urbe que tiene una moderna línea de rascacielos enorme y al mismo tiempo uno de los ríos más sucios que he visto nunca Los precios de los hoteles de cinco estrellas a la orilla del milenario río Chao Praya.contrastan con el irrisorio precio de 3 baths (0,007 céntimos de euro) por cruzar el mismo en una barca municipal

A veces los precios son absurdos, pero la ciudad sigue siendo un polo irresistible de atracción para miles de turistas y hombres de negocios. A la vuelta de cualquier esquina, descubres un hotle desconocido que te ofrece excelentes servicios de cinco estrellas por 50,00-65,00 €. Lo que hace que te puedas alejar del bullicio de esta ciudad, simplemente dando la vuelta a la esquina, o mejor dicho dándole el esquinazo al estrés diario.

Pero, antes de volver al frío y gélido invierno europeo, tenía que sumergirme en el mar y aprovechar el benigno clima tailandés. Así que aquí me tienen en una isla a apenas tres horas de coche desde Bangkok y a la que al final decidí venir en taxi, ya que costaba menos de 40,00 € y la verdad es que compartiendo taxi, no me lo pensé mucho. Koh Samed está situada frente a las costas de Rayong al Este de Siam.

Aquí estoy escribiéndoles en la playa y a una temperatura que supera los 30 grados, pero sin sudar, ya que de vez en cuando sopla una brisa marina que todo lo relativiza.

Mañana dejo Tailandia y vuelvo a Malaisia desde el nuevo aeropuerto de Bangkok. Pernoctaré al pie de las Torres Petronas, que ya me impresionaron en mi anterior corta estancia,pero hoy voy a seguir disfrutando de este maravilloso remanso de paz que es esta isla donde todo parece detenerse. Después de disfrutar de mangos, papayas, guayabas, cocos y toda clase de frutas tropicales durante más de un mes, me empieza a apetecer comida europea. Me apetece pasta y en cuanto vuelva a Europa, me voy a preparar una pasta con setas y nata y por supuesto jamón serrano.

Me he propuesto seguir alguna clase de dieta para cavar con estos flotadores que asoman por vez primera a mis antes impolutas caderas, pero no me decido cuándo comenzar. Las tentaciones son aquí mayúsculas como para atreverme a ello. Estoy de hecho leyendo un libro sobre una famosa dieta del Dr. Atkin, pero el autor que es el mismo galeno, resulta padecer el síndrome de esatr encantado de conocerse a sí mismo (“Very glad to meet myself Syndrom”) y resulta tan “insoportante” (aquél que se vuelve insoportable al considerarse importante) que alterno su lectura con otros tres libros. De esta terna lectora se ha descolgado ya “La quinta montaña” de Paulo Coelho, que a pesar de estar buen escrita no me ha impactado para nada, es más hay momentos que resulta anodina y me alegré de haber terminado de leerlo.

Así que combino “La Dieta del Dr. Atkin” con “Inteligencia intuitiva” de Malcom Gladwell y “The five love languages” de Gary Chapman y es la primera vez en mi vida que leo al mismo tiempo sólo autores estadounidenses. La verdad es que no he encontrado otros libros de segunda ni de primera mano en las numerosas librerías que he visitado a la búsqueda de algo apetecible mi corazón solariego. Parece que los hispanohablantes que visitamos estas tierras nos volvemos a llevar los libros con nosotros o no somos muy lectores que digamos.

Hasta para eso, he tenido tiempo: para leer cuatro libros al unísono. Es un ejercicio harto complicado, pero relajante, ya que sueltas un tema que te ha apasionado por unas horas y acabas por sumergirte en otro y luego en otro y en otro, cada cual más apasionante.

Bueno, cuando vuelva a escribirles, habré dejado el país de las orquídeas y de las sonrisas porque aquí todos te dedican una sonrisa y a veces algunos desde su infinita pobreza, parecen decirte que a pesar de los pesares, son felices. Espero volver muy pronto, porque yo también he sido feliz y mucho en el Reino de Siam.

martes, 13 de enero de 2009

Y así, hacia Asia hacía...


Se acababa el Año de la Rata y parecía que se acerca el Año del Buey y como tenía problemas de tiempo, acceso, disponibilidad y otros asuntillos menores para poder continuar con este cuaderno de bitácora, tenía que venirme a Asia para renovarlo otra vez. Y así, hacia Asia, hacía todo mientras viajaba pensando todo el tiempo en el tiempo que hacía en Europa y el tiempo que hacía en Asia y así pensé en un tiempo donde tuviera buen tiempo para tener tiempo para hacer así lo que hacía en Asia hacía mucho tiempo atrás.

Aunque parezca mentira, reanudo este diario menudo desde el lejano y antiguo Reino de Siam.La actual Tailandia sigue siendo un remanso de paz para las almas estresadas por los trajines de la cotidianeidad.
Desde el corazón de su burbujeante capital, Bangkok y refugiado en un recóndito hotel de exquisitas comodidades por apenas medio centenar de la divisa europea, reinicio, pues este diálogo conmigo mismo y con mis lectores, interrumpido poco antes y durante la Pascua Navideña occidental.
He podido finalmente cargar baterías en las finas arenas de las playas de la isla de Phuket a unos 900 kms. distante de esta bulliciosa capital asiática. Llegué a este paraíso en la tierra, que es Tailandia, como dije poco antes del cacareado sentimiento "navideño" que nos inundaba a raudales por cada uno de nuestros sentidos en la Vieja Europa una semana antes del gran día del capitalismo cristiano.
Llevo casi un mes y la verdad es que me siento mejor y mejor. La última vez que había pisado esta bendita tierra, fue en 2004 y entonces viví el tsunami en primera persona, ya que me encontraba en Phuket aquél 26 de diciembre.
He tardado mucho en volver y esto no volverá a repetirse. Es tanta la alegría que te da este país, que voy a volver con mucha más frecuencia.
Debo de decir, que antes de llegar había dejado atrás mi soleada Andalucía, la gris Alemania y una parada en Dubai, patria del nuevo consumismo del petrodólar. Pasé dos días y una noche en Kuala Lumpur o K.L. como les gusta a los malayos llamarla. Me sorprendió lo limpia que encontré esta ciudad y lo lejos que está el aeropuerto internacional de la misma.
Tras tantas horas de vuelo, descansé en un buen hotel y me dispuse a inspeccionar la ciudad sin agobios y en el último momento conseguí ver las famosas Torres Petronas. Impresionan verdaderamente por su altura y por el parque en el que están inmersas.
Mi primera impresión de Malasia y más concretamente de su capital, K.L., es contradictoria: por un lado es limpia, calurosa y ordenada y por otro lado es aburrida y la gente no es tan alegre como en el Reino de Siam.
Creo que tine mucho que ver con la religión, ya que al ser Tailandia un país budista, se nota la permisividad y la alegría de la gente en las calles y su filosofía de vida que aunque algunos siendo pobres no albergan recelo contra otros que no lo son. En Malasia se nota soterradamente la presencia del Islam: hay muchas (invisibles a primera vista) prohibiciones y eso hace que la gente sea menos feliz y más recelosa.
Bueno, tendré que pisar dentro de unos días de nuevo suelo malayo para confirmar o cambiar mi primera impresión.