
Se acababa el Año de la Rata y parecía que se acerca el Año del Buey y como tenía problemas de tiempo, acceso, disponibilidad y otros asuntillos menores para poder continuar con este cuaderno de bitácora, tenía que venirme a Asia para renovarlo otra vez. Y así, hacia Asia, hacía todo mientras viajaba pensando todo el tiempo en el tiempo que hacía en Europa y el tiempo que hacía en Asia y así pensé en un tiempo donde tuviera buen tiempo para tener tiempo para hacer así lo que hacía en Asia hacía mucho tiempo atrás.
Aunque parezca mentira, reanudo este diario menudo desde el lejano y antiguo Reino de Siam.La actual Tailandia sigue siendo un remanso de paz para las almas estresadas por los trajines de la cotidianeidad.
Desde el corazón de su burbujeante capital, Bangkok y refugiado en un recóndito hotel de exquisitas comodidades por apenas medio centenar de la divisa europea, reinicio, pues este diálogo conmigo mismo y con mis lectores, interrumpido poco antes y durante la Pascua Navideña occidental.
He podido finalmente cargar baterías en las finas arenas de las playas de la isla de Phuket a unos 900 kms. distante de esta bulliciosa capital asiática. Llegué a este paraíso en la tierra, que es Tailandia, como dije poco antes del cacareado sentimiento "navideño" que nos inundaba a raudales por cada uno de nuestros sentidos en la Vieja Europa una semana antes del gran día del capitalismo cristiano.
Llevo casi un mes y la verdad es que me siento mejor y mejor. La última vez que había pisado esta bendita tierra, fue en 2004 y entonces viví el tsunami en primera persona, ya que me encontraba en Phuket aquél 26 de diciembre.
He tardado mucho en volver y esto no volverá a repetirse. Es tanta la alegría que te da este país, que voy a volver con mucha más frecuencia.
Debo de decir, que antes de llegar había dejado atrás mi soleada Andalucía, la gris Alemania y una parada en Dubai, patria del nuevo consumismo del petrodólar. Pasé dos días y una noche en Kuala Lumpur o K.L. como les gusta a los malayos llamarla. Me sorprendió lo limpia que encontré esta ciudad y lo lejos que está el aeropuerto internacional de la misma.
Tras tantas horas de vuelo, descansé en un buen hotel y me dispuse a inspeccionar la ciudad sin agobios y en el último momento conseguí ver las famosas Torres Petronas. Impresionan verdaderamente por su altura y por el parque en el que están inmersas.
Mi primera impresión de Malasia y más concretamente de su capital, K.L., es contradictoria: por un lado es limpia, calurosa y ordenada y por otro lado es aburrida y la gente no es tan alegre como en el Reino de Siam.
Creo que tine mucho que ver con la religión, ya que al ser Tailandia un país budista, se nota la permisividad y la alegría de la gente en las calles y su filosofía de vida que aunque algunos siendo pobres no albergan recelo contra otros que no lo son. En Malasia se nota soterradamente la presencia del Islam: hay muchas (invisibles a primera vista) prohibiciones y eso hace que la gente sea menos feliz y más recelosa.
Bueno, tendré que pisar dentro de unos días de nuevo suelo malayo para confirmar o cambiar mi primera impresión.

1 comentario:
martes 13...
es evidente que no temes al mal fario.
Estás en el único lugar sobre la tierra que quisiera conocer.
Congratulaciones!
Publicar un comentario