


La verdad es que después de ir con Giosafat y con Dante a ver la película argentina "El nido vacío" y comprobar que el cine argentino sigue viviendo su momento más dulce, a uno le vuelve a visitar la inspiración.
El problema es que uno no tiene tiempo para hacer todo lo que se propone el día anterior.
Los días deberían de tener más de 24 horas y que alguien inventara el sistema por el que podamos por fin estirar a nuestro antojo los días como quien se hace un lifting o quien decide prolongar su estancia en un hotel o simplemente sus vacaciones. ¿No existen las tarjetas Visa o Mastercard con las que podemos prolongar o aplazar los pagos y estirar nuestro dinero?
¿Por qué no se le ha ocurrido a nadie estirar los días y las noches? No creo que esta tarea, sea tan difícil y si inventan tanto nuevo aparatito MP3, MP4 o un MPyoquesé nuevo, ¿por qué no se afanan en algo más práctico como en hacer días de 30, 40, 50 ó 60 horas? Sería bastante excitante, práctico y además exitoso.
El ulular de las sirenas ambulantes perturba mi concentración nocturna y al filo de la medianoche, me recuerda que quería escribir de cine austral y del lago de los business y se me cierran los ojos. Morfeo me llama y sus brazos me tientan. Si este día hubiese tenido más horas, seguramente habría terminado esta mi segunda crónica. Pero, no hay dos sin tres. Así que me recuesto en el sillón y la melatonina hará el resto. Gute Nacht!
Después de sucumbir a los irresistibles brazos de Morfeo, despierto con ganas de "mediaslunas" que es como se llama a los cruasanes en Argentina y que debe de ser culpa del mensaje subliminal que inspira el actor Oscar Martínez en "El nido vacío" al zamparse a todas horas este exceso delicioso dde colesterol matutino. La verdad es que es más lógico que se llame en castellano "medialuna" a esta delicadez que cruas'an que deriva del francés croissant y que al fin y al cabo quiere decir "creciente" por su forma que recuerda a Selene.
Dejando atrás las diatribas culinarias y etimológicas y volviendo a sacar a colación a la película que vimos a trío, debo comentar que el film podía haberse quedado en un intento fallido de su director Daniel Burman de hacer un simple retrato familiar, una vez que los hijos emprenden el vuelo y abandonan el nido familiar como sugiere el título, que además coincide con el del libro primerizo del nuevo yerno hebreo del protagonista, a su vez dramaturgo argentino consagrado.
La película parte esquema fílmico típico de "planteamiento-nudo-desenlace" y tiene tres partes bien diferenciadas, pero sorprende con otras propuestas paralelas. Tanto Oscar Martínez (gana por éste el Premio Donostia al Mejor Actor en el Festival de Cine de San Sebastián 2008) como Cecilia Roth bordan sus papeles. A pesar de que a mi amigo Dante no le guste la Roth, una risa suya da o quita el dramatismo allá en la escena en que se escuche. Evidentemente recuerda a esas películas de enredos familiares de Woody Allen, pero es que Allen también es judío como Burman y urbanita. no hay mucha diferencia a grandes rasgos entre Buenos Aires y Nueva York , ciudades vitales donde las haya y donde la comunidad judía fluye, confluye e influye en el devenir de los años en estas dos metrópolis americanas. La escena más bonita de la película se da en la tercera parte de la misma, donde la luz de Israel cobra también un papel protagónico (Premio a la Mejor Fotografía a Hugo Colace también en San Sebastián 2008) cuando los protagonistas chocan suavemente con sus cuerpos flotando y entrelados en el Mar Muerto israelita y es además la que da la imagen del cartel promocional de la película . Ahí el soberbio guión vuelve a encajar y da la vuelta de tuerca final e inesperada. Se la recomiendo a amantes y a mentes, que disfrutan con los diálogos elaborados, con los detalles que parecen insignificantes (como las "medialunas") y las películas profundas de contenido y continente.

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